Vacías mi intensidad de niño
con un suspiro loco
triste, arrebatado;
que expulsa en un segundo ardiente
todo el sentir que se halla, desolado
después de un largo tiempo de sequía
al que el amor me había acostumbrado.
No pido nada.
Tu esencia en sí me basta
para iniciar de golpe las tamboras
de júbilo y de cantos religiosos
que irreverentemente inundan mis auroras,
poniendo a efervescer mis sueños locos.
Ya aparto del rincón las decepciones.
Desvelo las entrañas oxidadas.
Ordeno entre mis sábanas los pliegues
que daban a tu piel, en desbandada
recibimiento brusco que ahuyentaba.
Abro con lentitud tus soledades
y miro al interior sonoros rayos
de luz que en grupo corren libremente
y tocan suavemente ya mis labios
que ahora abundan con tu espesa vida
que nació ayer y sabe a miles de años.
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Escrito originalmente el 20 de abril de 2006